Cuando el terror sale de la pantalla

Halloween es quizás la única fecha comercial que de verdad me parece divertida. Si bien lo festejé pocas veces en mi vida (al menos de la manera convencional), siempre encuentro una forma de celebrarlo. Lo que vengo haciendo en los últimos años es aprovechar esa noche para ver maratones de clásicos del terror. Mientras me preparo para deliberar cuáles quiero ver este 31 de octubre, compartiré algunas anécdotas en las que este tipo de películas dejaron de ser un entretenimiento para transformarse en una verdadera pesadilla, Freddy Krueger style.

THE X-FILES (1993-2002?)

Mi fanatismo con esta serie viene de la infancia; así como era fan de The X-Files también lo era de Frutillita. Particularmente la asocio con las noches de desvelo que sufría durante los veranos que pasaba con mis abuelos y primos en Atlántida, en donde nos quedábamos hasta tarde mirando episodios que habíamos grabado en VHS.

Si bien estaba de vacaciones, el escenario era el contexto perfecto para que mi vulnerabilidad se intensificara: estaba lejos de casa, sin mis padres, viendo cosas que no eran para una niña de mi edad y, para peor, no tenía tele en el cuarto (la cual siempre me tranquilizó).

No eran los extraterrestres lo que me aterraban de The X-Files, sino los capítulos más perturbadores. Haría un post completo de estos, pero mencionaré dos en especial que marcaron mis noches en Atlántida.

El primero en realidad es la combinación de dos episodios de la primera temporada: “Squeeze” y “Tooms”. El expediente X en cuestión trataba del asesino serial mutante Eugene Tooms (sé que “mutante” no suena amenazante, pero créanme que este personaje lo es), quien tenía la capacidad de elastizar, comprimir y enlongar su cuerpo lo suficiente como para pasar por todo tipo de lugar. No solo me perturbaba que este ser pudiera acceder hasta a los sitios más recónditos (lo que significaba que nunca podría llegar a ocultarme de verdad), sino que me alteraba su mirada depredadora, con sus penetrantes ojos de reptil, su sonrisa maníaca, su constante silencio y su asquerosa guarida.

Como si un capítulo con este mutante no fuera suficiente (temporada 1, episodio 3), la historia continúa en el episodio 21, en el que el personaje es liberado de la cárcel. Conocer a Tooms hizo que momentos tan mundanos como darme una ducha, esperar sentada en el auto o dejar la ventana mínimamente abierta fuera más estresante de lo humanamente tolerable.

El otro capítulo que afectó mi experiencia de verano se emitió años después, en las últimas temporadas de la serie. Se llama “Badlaa” (temporada 8, episodio 10), y era nuevamente un asesino pseudo mutante que me dejó sin dormir por días. Se trata de un mendigo de la India a quien le faltan las piernas, por lo que se tiene que trasladar en un una especie de madera con ruedas que lo coloca apenas sobre el nivel del piso. No era su aspecto ni su condición lo que me aterraba, sino su tranquilidad e inexpresividad a la hora de atacar.

Quizás el temor que me generaba era sobre todo producto de la edición, específicamente del sonido. De esta manera, cada vez que escuchaba las oxidadas ruedas del carro del mendigo sabía que algo escalofriante se aproximaba. Era la anticipación lo que hacía que mi corazón latiera más fuerte.

Recuerdo estar acostada, tapada con las sábanas y una manta hasta la cabeza en noches de 30° para dejar de escuchar ese rechinar de ruedas que sentía a lo lejos pero que parecía acercarse. Una de las formas de protegerme contra esta amenaza era dormir en la cucheta de arriba; era mi forma más racional de reaccionar ante este miedo: el mendigo no podría alcanzarme. Quizás si hubiese estado Mulder en esa temporada me habría sentido más segura.

THE RING (2002)

Flashback al año 2003: mi padre trabajaba en México y cada dos meses lo iba a visitar. Vivíamos en una casa grande, con techos altos, habitaciones espaciosas y una larga escalera. Si bien era espectacular, contrastaba mucho con el apartamento de Montevideo, donde todos y todo estaban a pasos de distancia.

Este escenario también propiciaba la intensidad de mis comportamientos obsesivos, sobre todo aquellos que se disparaban por el miedo. Mi cuarto era muy grande, con una ventana del ancho de la habitación, muy luminosa. A pesar de ser espacioso, solo tenía mi cama, la de un acompañante y una tele enorme. Pero también contaba con mi propio vestidor y baño (que era más grande que mi actual cuarto). Toda la experiencia The O.C. a la cual no estaba acostumbrada.

Si bien de día era espectacular, de noche podía resultar abrumador todo ese espacio sin utilizar. No se escuchaba ni un sonido excepto el crujir de las escaleras. Además, el sentimiento de soledad al estar lejos de todo lo conocido no ayudaba. Pero voy al grano: una noche me junté con unas amigas mexicanas a ver The Ring, que recién había salido en DVD. Prometía ser una noche de catarsis comunal y risas. Pero la realidad fue otra.

Inicialmente, el verdadero impacto lo generaron la fotografía y el arte de la película, en el sombrío estado de Washington. Ya todos sabrán de qué se trata la película, si no pueden ver el trailer aquí. Años después vi la versión original japonesa, y si bien me aterró, no me generó el impacto de la remake. Gran parte es por el contexto y momento de mi vida en que las vi. Otra razón es por el tratamiento visual de esta última versión, así como el manejo de los ritmos de la película, desde las escenas hasta la duración de cada toma. ¿Quién no estuvo al borde del infarto con la interminable pero intensa escena en la que Samara sale de la pantalla?

The Ring representó mucho más que una scary movie, significó más de dos meses sin poder dormir normalmente y de revisar mi vestidor incontables veces (lo que hizo despegar mi TOC), ya que tenía miedo que me sucediera como en la película de abrir la puerta y encontrar una chica con el rostro desfigurado. O el pánico que sentía cuando de repente un canal quedaba con ruido en esa pantalla gigante que tenía en el cuarto (lo tomaba como si un amigo de repente se transformara en enemigo). Pero sobre todo, lo que significó esta película fue la evolución de un insomnio a un estado semi depresivo en el que apenas caía la noche mi ansiedad se disparaba.


SAW (2004)

Esta es la anécdota más “reciente” (de hace unos diez años). Me acuerdo que estábamos veraneando con mi familia en Punta del Este (ahora que lo pienso, ¡todo sucede en veranos!), y una noche fui a ver Saw, mejor conocido como El juego del miedo, la primera de la redundante saga.

Más allá de sus aspectos gory, del espeluznante muñeco y su voz, y de los desafíos mortales que se les imponía a las víctimas, el impacto psicológico que tuvo en mí fue increíble. Me acuerdo que volví del cine a la casa que estábamos alquilando y a partir de esa noche empecé a dormir en el living (ya que, nuevamente, ¡mi cuarto no tenía televisión!).

Quizás lo que me perturbaba más era la forma que tenía el asesino Jigsaw de elegir a las víctimas, sus motivos “morales”. Me afectó tanto que empezaba a agradecer en voz alta las cosas que tenía en mi vida, como si Jigsaw estuviera espiándome y viendo en qué desperdiciaba mi existencia para después castigarme.

Además del hecho de que todas estas anécdotas sucedieron en verano, si hay un factor en común que reúnen es mi forma de reaccionar: nunca me quejé, nunca lloré ni fui a buscar ayuda. Me lamentaba cuando caía la noche y esperaba ansiosamente a que se asomara el sol por la ventana. Igualmente, cada vez que mi pánico parecía salir de mi cuerpo me preguntaba a mí misma: ¿por qué este psicópata me elegiría a mí?

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Current Mood: Scully y Sagan, sentados bajo un árbol

the-x-files-scully-gillian-anderson-herrenvolkNo ocurre nada en contradicción con la naturaleza, solo en contradicción con lo que sabemos de ella.”

“En la ciencia suele ocurrir que un científico diga: “¿sabés qué?, ese es un muy buen argumento, yo estaba equivocado” y luego de esto cambie de opinión y desde ese momento no vuelva a mencionar su antigua posición. Realmente sucede. No sucede tan frecuentemente como debería, ya que los científicos también son humanos y a veces, el cambio es doloroso. Pero sucede todos los días. No recuerdo la última vez que pasó algo así en política o religión.” – Carl Sagan