MONFIC 2017: Zama

Tras 9 años de espera vuelve Lucrecia Martel con una película que llegó a necesitar la colaboración de más de 16 productoras internacionales para finalizarse. Cuesta imaginarse la cantidad de obstáculos, trámites y pormenores a los que se habrá tenido que enfrentar Martel para concretar esta ambiciosa adaptación de la novela homónima de Antonio di Benedetto, pero al ver la película, el solo conocimiento de estas dificultades se torna doblemente curioso y hasta irónico, dado que refleja bastante fielmente las peripecias del personaje principal del filme.

Porque Zama gira en torno a Don Diego de Zama, un asesor letrado ubicado temporalmente en Paraguay en el siglo XXVIII, que busca desesperadamente ser transferido a otra ciudad para poder reunirse con su esposa e hijos a quienes no ve hace años. Esta es la trama de la película, engañadoramente sencilla, pero como con toda película de Martel, la trama es tan solo uno de los múltiples niveles de lectura del filme. La lucha de Zama contra el aparato burocrático que lo retiene allí es por momentos hilarante y por otros frustrante; también resulta en que la película esté prácticamente estática en sus primeros 90 minutos. Pero que pase poco no quiere decir que la película sea fácil de seguir. Martel crea una narrativa oscura y no se preocupa por explicar en detalle las relaciones entre los personajes ni en adentrarse demasiado en el aparato imperialista con su doble cabeza administrativa y católica que tantos obstáculos le pone a nuestro desgraciado protagonista, más bien busca brindarnos impresiones abstractas a través de viñetas que se siguen unas a otras.

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Lo que hace la directora es conjugar todos estos elementos en planos construidos con una precisión maravillosa: planos en los que se respira una opresión agobiante, donde los personajes están confinados a espacios pequeños, a menudo cortadas sus cabezas o cuerpos, y atiborrados de otros elementos que oficialmente catalogaríamos de secundarios pero nutren tanto el mundo del filme que pasan a ser tan importantes como Zama mismo: rostros de esclavos realizando labores básicas y mecánicas, personas atrapadas entre dos identidades -la familiar y la impuesta-, rostros que son los protagonistas del mundo nativo que se cuela por los planos, en una silenciosa revolución contra la fiebre imperialista, y que tiene quizás su expresión más surreal e hilarante en la intromisión de una llama desvergonzada que nos distrae de los objetivos del pobre Zama.

Estas interacciones entre varios planos de significado serían considerablemente menos efectivas sin el magnífico trabajo de sonido de Guido Berenblum (habitual colaborador de Martel) que eleva la película a una experiencia multisensorial en la que los ritmos de una escena son dictados por los sonidos mecánicos de un esclavo ventilando a su jefa y el estado psicológico del protagonista nos es comunicado por la insistencia de los sonidos de ambiente que hasta logran opacar las conversaciones que ocurren en varias escenas. Como el pez que es repudiado por el agua y vive en constante lucha por permanecer en ella, el aparato imperialista se obstina con insertarse en un lugar que lo repele eternamente, no necesariamente en actos de violencia protestante, sino en esas pequeñas revoluciones identitarias, que irrevocablemente se alejan de sus raíces pero jamás se asimilan completamente a la imposición extranjera.

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El último trecho del filme nos saca un poco de ese trance febril para llevarnos a una caótica aventura por los paisajes más salvajes del filme, en donde un evento se sigue a otro sin demasiada transición ni explicación, y vemos como una nueva inercia se apodera del protagonista, no ya las desventuras burocráticas a lo Kafka sino la persecución de ese villano omnipresente que al principio parecía relegado a un plano secundario pero que de repente cobra impulso narrativo, quizás como un último intento desesperado por adueñarse de cierta agencia o de al menos escapar del laberinto administrativo de una vez, aunque ese escape llegue, tal vez, con la muerte.

En conclusión, Zama termina de cementar a Martel como una de las mejores directoras de las últimas décadas. Quizás su voz desentona en algunos oídos, pero es innegable que no hay nadie que cante como ella. Con Zama se aleja un poco de las narrativas más modernas que habían ocupado su carrera, pero sus películas siguen siendo más que nada una experiencia, en donde lo visual y auditivo se conjugan para crear pasajes hipnotizantes y de una pluralidad interpretativa que hace que las películas sigan construyéndose en nuestro imaginario tiempo después de haberlas visto.

Veredicto: 9/10
IMDb: http://www.imdb.com/title/tt3409848/

 

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El impacto emocional de The Leftovers

Estoy sorprendida: ya me ha había pasado pero no deja de sorprenderme lo difícil que es escribir sobre algo que amo con pasión si lo comparo con escribir sobre algo de lo que puedo ofrecer más racionalidad. Pero en realidad no debería sorprenderme. ¿Qué tiene de extraño que sea difícil articular un sentimiento tan intenso? Limitarlo y restringirlo a las palabras que elijo, porque utilizar el lenguaje es delimitar, y en ocasiones como estas, cuando lo que queremos describir se siente tan expansivo, cada palabra que utilizamos es reducirlo un poquito más. Dicho esto, soy fan del lenguaje, así que acepto el desafío de intentar convertir esa sustancia amorfa de sentimientos en un lenguaje digerido, con el propósito de que vos, quizás, puedas eventualmente sentir lo mismo, o tu versión de lo mismo.

En esta oportunidad les vengo a contar sobre una hermosa serie de HBO que por estos lados pasó prácticamente desapercibida. Se llama The Leftovers (lo que podría traducirse como “las sobras”), un nombre que recuerdo me causó muchísimo rechazo y me alejó de la serie hasta que un par de recomendaciones me convencieron de darle una oportunidad, cuando la serie llevaba ya dos temporadas y estaba en producción para la tercera y última. También me preocupaba que la serie fuera co-creada por Damon Lindelof, un hombre que me generó sentimientos encontrados en el mundo de la televisión, como a muchos de ustedes seguro que también: Lindelof es uno de los creadores de LOST y uno de los principales escritores de la serie, y a pesar de que es una de las primeras series televisivas que me impactó muy sinceramente, hubo muchos elementos que me provocaron extrema frustración y hasta enojo.

Además, The Leftovers tiene parecidos con LOST. Ambas series juegan con misterios aparentemente sin respuestas, pero mientras que en LOST estos misterios a menudo eran los protagonistas y la solución a los enigmas se presentaba como uno de los atractivos de la serie (lo que condujo a una de las principales frustraciones cuando muchos de estos recibieron explicaciones pobres o quedaron sin resolver), en The Leftovers esos misterios funcionan únicamente como catalizadores para los personajes, los cuales siempre tienen el foco principal. El mayor de estos misterios, que es otra manera de decir el mayor catalizador de la serie, es su premisa original: The Leftovers comienza con un mundo igual al nuestro pero en el que ocurrió una especie de apocalipsis. Sucede que de un día para el otro, sin previo aviso (aunque en el universo de la serie esto es debatible), el 2% de la población mundial desaparece instantáneamente. Y es así como lo describo, sin importar lo que estaban haciendo, ese 2% dejó de existir, al menos en este plano. Por supuesto que a esto le sigue un gran WTF.

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La serie comienza tres años después de este acontecimiento al que nombran “the Sudden Departure” (en español lo he visto por ahí como “el abandono repentino”) o “the Rapture” (el Arrebatamiento), para aquellos que lo asocian con mitología cristiana, y justamente lidia con las repercusiones de este devastador momento para la humanidad. Si bien tenemos algunas pistas sobre cómo se manejó la catástrofe a nivel global, Lindelof y Perrota (el autor del libro en el que se basa la primera temporada y co-creador de la serie) elijen mostrarnos las consecuencias que tuvo en un selecto grupo de personajes. Y es así que llegamos a la familia Garvey, encabezados por Kevin (Justin Theroux), su esposa Laurie (Amy Brenneman) y sus hijos Tommy (Chris Zylka) y Jill (Margaret Qualley). Kevin es el jefe de policía en el pequeño pueblo de Mapleton, New York, tras haber heredado el cargo luego de que su padre, Kevin Sr. (Scott Glenn) aparentemente perdiera la cabeza. Aunque Kevin fue uno de los afortunados que no perdió un miembro de su familia en la Sudden Departure, su vida fue, como la de todo el mundo, completamente afectada por el evento. Para empezar, su esposa Laurie abandonó la familia y se unió a uno de los tantos cultos que nacen a partir de la catástrofe, “the Guilty Remnant” (“los Culpables Remanentes”), una secta misteriosa de gente que se viste de blanco, no habla y fuma un cigarro tras otro, cuya misión tal cual la describen ellos es que la gente no olvide lo que pasó. Por otro lado, Tommy está a la deriva, acompañando a una de las tantas figuras salvadoras que se alzan como mitos para brindar consuelo al 98% que quedaron; en este caso, Tommy sigue a Magic Wayne, un hombre que dice poder quitarte todas tus penas con tan solo un abrazo. Y Jill, aún viviendo en la casa familiar junto a Kevin, es una adolescente con un nivel de nihilismo y apatía bastante mayor a lo normal.

Por otro lado, también en el pueblo de Mapleton, tenemos a quien considero el corazón de la serie, Nora Durst (Carrie Coon). Nora es lo que en el show se llama una triple legacy (de legado), lo que significa que perdió a tres personas en la SD, a su esposo y a sus dos hijos. Su hermano, Matt Jamison (Christopher Eccleston) es un cura que también se vio afectado por la SD, la cual fue -de modo indirecto- responsable por la parálisis total de su esposa Mary, a quien sin embargo cuida a diario con verdadero amor. Redondeando el elenco principal con el que comenzamos la serie, tenemos a Meg (Liv Tyler), una mujer que está siendo cortejada por los Guilty Remnant y a Patti Levin (Ann Dowd), quien parece ser una de las líderes del culto en el pueblo de Mapleton, aunque según ellos, no tienen líderes.

Así que, como les comenté antes, si esta serie no trata tanto de los misterios, es porque decide entregarse completamente a estos personajes (y algunos otros que aparecerán más adelante). Los misterios, las cosas extrañas que condimentan la serie por aquí y por allá (como el caso de los perros sin dueños que andan en jaurías, las figuras que dicen lograr milagros, las señales que perciben los personajes, las aventuras por el más allá reales o imaginadas y por supuesto la naturaleza de la Sudden Departure en sí misma, entre muchos otros) no dejan de ser fascinantes y tener su importancia no solo por la atmósfera intrigante y casi que espiritual que generan sino porque hacen que los personajes confronten duras verdades sobre sí mismos hasta movilizarlos a encontrar algún significado que los satisfaga.

Kevin grills Patti. Patti is curious about Dean
Porque mucho en The Leftovers trata sobre esto, personajes que se encuentran perdidos de diversas maneras, algunos por estar luchando contra una pérdida que es demasiado dura para superar, otros porque necesitan encontrar una explicación para lo que sucedió -así como sucedió esto, pudo haber sucedido cualquier otra cosa-, otros porque no pueden continuar con sus vidas sin un propósito especial y otros que, por alguna razón, no pueden explicarse porque no son felices. O quizás sea una combinación de todas estas cosas. Y, no sé ustedes, pero se me ocurren pocas cosas con las que puedo empatizar más. Esta maravillosa sensación de empatía es uno de los grandes fuertes de The Leftovers y lo que hace que la experiencia de mirarla sea tan catártica; ver a estos personajes atravesar estas emociones de forma tan cruda y real, verlos sufriendo por no poder conectar con otros plenamente, por balancearse peligrosamente entre los mitos y realidades que luchan por el control de su mente, por construirse una historia que los ayude a dormir de noche -de forma masiva con las religiones y cultos pero también de forma más personal-, en fin, verlos sufriendo de cualquier forma sintiéndome ya tan conectada con ellos, sintiendo tan desesperadamente que los entiendo y que veo su dolor, qué decirles, es imposible no llorar.

Y lloro no necesariamente porque The Leftovers logra personajes tan reales y los coloca en situaciones verdaderamente tristes y porque estos parecen personas de verdad y me dan pena, no es necesariamente que me den pena, sino que en su lucha reconozco mi propia lucha, en sus intentos por responder a esas preguntas, por superar esos obstáculos que se interponen entre ellos y algún semblante de paz y felicidad y conexión con aquellos que queremos, reconozco mi propia búsqueda, una búsqueda que quizás me lleva por paisajes diferentes, pero que en definitiva busca lo mismo y sufre decepciones similares, miedos compartidos, autoboicots y por sobre todas las cosas, incertidumbre. Y a través de ese proceso catártico de ver a estos personajes episodio a episodio, a la par que conectamos con ellos y aprendemos a quererlos, sentimos como nuestros sentimientos y vivencias del mundo real son validadas.

Es por esto, también, que la música en The Leftovers es tan importante. Las composiciones de Max Richter tienen un poder descomunal de conectarnos con nuestros sentimientos más íntimos, de volvernos más comprensivos, más humanos. No se sorprendan de que en YouTube hay un submundo de videos con escenas del cine y la televisión reeditadas con la música de la serie, y es fascinante ver cómo logran cambiar nuestra perspectiva, cómo nos mueven a ir más allá de los que vemos en la superficie, de entender al otro por la suma de experiencias y pensamientos y sentimientos que es. Max Richter no es el único que presta su maestría técnica a la serie; esta no sería nada sin sus maravillosos escritores (incluyendo a Lindelof) que se esfuerzan por brindarnos personajes complejos y multidimensionales, que no le tienen miedo ni al absurdo ni a la incertidumbre, que nos invitan a ese mundo no para frustranos sino para que nos entreguemos y podamos ver más allá de las superficies. También me gustaría destacar la labor de la directora Mimi Leder, quien dirige varios episodios con un talento innato para evocar emociones y construir imágenes inolvidables.

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Finalmente, es el elenco, las caras y cuerpos de esos seres sufrientes y hermosos y reales, que nos terminan de conectar con sus historias. De verdad creo que puede ser el pico de las carreras de varios de estos actores, y destaco tan solo a un grupo para no aburrirlos con tantos superlativos: el Kevin de Justin Theroux, un personaje masculino que se aleja muchísimo de los clichés a los que estamos acostumbrados, un hombre que quizás no sea brillante, ni un héroe ni un villano, pero que intenta tan sinceramente ser bueno y poder entregarse a sentir amor y paz con su familia, un hombre que muestra tantas vulnerabilidades pero que no puede evitar guardarse algunas porque teme que lo alejarían de todo lo que ama; la Nora de Carrie Coon, una mujer aguerrida e independiente, una mujer que se fuerza a seguir adelante tras la peor tragedia que podía haberle ocurrido, una mujer que busca por reencontrase con alguna de sus identidades perdidas, una mujer que quiere aceptar salidas fáciles pero que no se permite dejarse engañar, una mujer que no se deja pisotear, una mujer que tiene que decidir arriesgarse a amar otra vez; la Patti de Ann Dowd, lo más cercano a un villano que nos da la serie, que logra ser amenazante, fría, graciosa y, para mi sorpresa, absolutamente desgarradora; y el Matt de Christopher Eccleston, un líder religioso sin pretensiones de superioridad, un hombre que pone a sus compañeros humanos antes que a un rígido código de valores, un hombre cuyo amor no tiene límites.

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The Leftovers no es una serie fácil de ver, no se presta tanto para el binge a menos que seas una masoquista emocional como yo, pero es una de las obras artísticas que me ha hablado más sobre lo que significa ser humano y sentir las cosas que siento. La primera temporada es especialmente dura en cuanto a que los personajes están aún con las heridas bien abiertas, pero no por esto reniega del sentido del humor seco y absurdo que caracteriza a la serie. La segunda temporada es una de las obras maestras de la televisión, conjugando la intensidad emotiva de la primera con episodios más arriesgados y surreales, alimentando la parte mitológica de la serie sin dejar de concentrarse en sus personajes; y la tercera, aunque más corta y por eso quizás enfocada en un grupo todavía más selecto de los mismos personajes, le da un cierre maravilloso y altamente satisfactorio a sus historias, especialmente a nuestra historia principal, una historia de amor y aceptación.

Me parece que no hace falta convencerlos más de que The Leftovers es una de las series más hermosas que vi en mi vida, pero quizás todavía me falte convencerlos de que le den una chance. Y aquí se encuentra un poco la dificultad, porque The Leftovers, es, en realidad, difícil de recomendar; no es, a pesar de todo, una serie para cualquiera. Como cuando empezás terapia, es una serie que precisa de tu entrega completa, que confíes en su proceso. Pero si te gustan las atmósferas misteriosas cargadas de simbolismos, si sos más de las preguntas que de las respuestas y no te molesta no entender todo lo que pasa, si valorás el desarrollo de los personajes por sobre todas las cosas, si tenés un gusto por lo surreal y, por sobre todas las cosas, si te gusta llorar desconsoladamente, entonces quizás encuentres en The Leftovers lo mismo que yo: una obra poderosa, inteligente, catártica y magistral. Una obra maestra.

Veredicto: 10/10
IMDb:
 http://www.imdb.com/title/tt2699128/

Blade Runner 2049 (2017)

Cuando voy a ver una película, me gusta hacerlo con la mente abierta; pero en la mayoría de los casos, es imposible escapar de los pre-conceptos y prejuicios que se generan de forma automática antes de verla. Cuanto menos sabés de la película, por supuesto, es más fácil rehuirles, pero debo decir que esto no me pasa casi nunca así que el desafío -y pasa en el cine, pasa en la vida, pasa en TNT- es no permitir que estos prejuicios nublen nuestro juicio final. Con Blade Runner 2049 manejaba altas expectativas por dos motivos principales: 1. la película original del 82 dirigida por Ridley Scott es una de mis favoritas y 2. el director de esta secuela, Denis Villeneuve, ha tenido una carrera bastante estelar hasta la fecha y estuvo a cargo de mi película favorita del 2016: ArrivalTodo esto sin mencionar que el trailer me polenteó hasta niveles descomunales, convenciéndome de que difícil que alguien supere el trabajo de Roger Deakins a nivel de fotografía: sí, exagerado, ¿pero acaso vieron el trailer? O SEA.

Entonces, ¿cuál es el veredicto? Blade Runner 2049 es una muy buena película pero por ahora no va a destronar a ninguna de mis favoritas de mis listas. Empecemos con una breve reseña de la anécdota: esta vez volvemos a seguir a un blade runner (una especie de policía que se encarga de rastrear y matar replicants -seres creados artificialmente que apenas se distinguen de los humanos biológicos-) llamado K (Ryan Gosling), quien es asignado a un caso que va ganando complejidad a medida que avanza la película, hasta llevarlo a desentrañar una red de secretos que involucran al blade runner de la película original, Deckard (Harrison Ford). Esta búsqueda hará que K recorra un montón de tierras nuevas de la California futurista, expandiendo así el mundo creado por la original, sumándole a las oscuras callejuelas de Los Angeles iluminadas por neón, otras ciudades abandonadas o en ruinas y bañadas por una luz amarilla que te deja sin aliento. Esta expansión del mundo juega un poco a favor y otro en contra, porque si bien la distingue de la original y nos regala imágenes verdaderamente avasallantes, arruina un poco la atmósfera claustrofóbica y pestilente que tenía la original.

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Pero Deakins retrata todos estos territorios de una forma tan hermosa e impactante que es difícil quejarse, no debe haber escena en la película en la que no podríamos pausar, imprimir y encuadrar, gracias al sentido estético de este genio y al equipo detrás del arte de la película. Sin duda que este es uno de los puntos más altos del filme. Lamentablemente, no se puede decir lo mismo de la banda sonora, un elemento inolvidable de la original (compuesto por Vangelis), pero que aquí no logra destacarse y hasta desaparece por trechos largos de la película. Esta nueva banda sonora fue compuesta por la dupla de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, pero originalmente iba a estar a cargo de Johan Johansson, el usual colaborador de Villeneuve, y me quedé con tremendas ganas de saber qué habría hecho él con el material.

Así que dijimos que a nivel visual tenemos una película que expande el universo de la original; esto mismo sucede a nivel de guión. Se nota el respeto que tiene el director por la original, pero a su vez no teme tomar ciertos de los temas de la película de Scott (quien, dicho sea de paso, es el productor de esta nueva entrega) y aportarles nuevos significados. Se toma su tiempito para hacerlo, con 2 horas y 40 minutos de duración, la película tiene bastantes más diálogos que su predecesora, y en algunos casos esto funciona de maravilla, como el aspecto de la historia de amor de K con otro ser artificial (una maravillosa Ana de Armas) muy a lo Her, que resulta a la vez fascinante y conmovedor, pero en otros genera unas trabas en el ritmo de la película, afectando su dinamismo, como el caso de las escenas de Jared Leto quien se dedica a monologar incesantemente escupiendo algunas de las ideas de la película ya masticadas para nuestra comodidad. Cabe hacer una mención especial a la antagonista de K, otra replicant interpretada con magistral frialdad por Sylvia Hoeks (mi MVP del elenco) y a la jefa de nuestro blade runner, otra mujer bien dotada para la calculada frialdad, la inigualable Robin Wright.

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Como hizo con Arrival, Villeneuve logra una combinación maravillosa de temáticas que se complementan las unas con las otras y que tienen algo para interesarnos a todos, pero en el centro del filme, hay un motivador principal que me pareció de una universalidad tremenda. K, como todos nosotros, busca ser alguien y ese alguien no puede ser alguien del montón, K busca un propósito y un significado para su vida; dicho sencillamente, K busca y desea ser especial, ser el héroe de la película, ser el elegido, el Frodo, el Harry Potter, el Anakin, el Neo (claro que esto es un tropo hecho y derecho), algo que, quizás en menor escala, muchos de nosotros hemos sentido, que somos diferentes, que somos Alguien con mayúscula. Queda descubrir si K es este ser a menudo profético o si deberá enfrentarse con la realidad que vivimos cuando maduramos, si es que llegamos a ese punto, y nos damos cuenta que somos tan solo una parte de la historia, pero que esto no significa que no tenemos algo que contribuir.

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En definitiva, Blade Runner 2049 es una película ambiciosa y otra gran obra de quien se está convirtiendo en uno de mis directores favoritos. Por momentos esta ambición la lleva por el mal camino, alargando la película innecesariamente, entorpeciendo su ritmo un poco y expandiendo el universo del filme de Scott con osadía, maravillándonos con estas nuevas imágenes pero también haciéndonos añorar el microcosmos de la precursora del que tanto dependía su carácter hipnótico. Sus ideas son elevadas aunque no todas son exploradas satisfactoriamente y aunque por aquí y por allá hay ciertos momentos de verdadera emoción, resulta un poco demasiado fría y calculada, casi que hasta muy prolija para ser la heredera de Blade Runner. Pero es una película fascinante que me atrevo a decir solo ganará puntos con cada nueva visita y si tienen la chance de verla en la gran pantalla, no lo duden ni un segundo, porque si hay algo que sí está a nivel de obra maestra, es la fotografía de Roger Deakins.

Veredicto: 8/10
IMDb: http://www.imdb.com/title/tt1856101/