Jean Rhys – Buenos días, medianoche

¿Cómo se siente la depresión, cuando ya no es una novedad, cuando ya no es un estado que interrumpe un estado previo que quizás calificarías como normal, cuando, se ha convertido, ya, en el estado dominante, en el estado que ahora sí calificarías como normal? Leer Buenos días, medianoche es habitar por un momento la mente de una mujer que lo sabe perfectamente, una mujer protagonista con el nombre inventado de Sasha o una mujer escritora con el también nombre inventado de Jean Rhys (en realidad la autora se llamaba Ella Gwendolyn Rees Williams), porque, lamentablemente, la escritora no era ninguna extraña a la depresión.

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Con esta introducción queda claro que este libro no es fácil de leer. Es inmensamente deprimente, una narración contada en primera persona a través de un stream of consciousness (monólogo interno) que es relativamente sencillo de seguir, en el cual se mezclan idiomas (la autora escribe en inglés pero lo condimenta con francés), pero en el que también se suceden hechos del pasado y presente así como sus pensamientos y recuerdos mezclados con eventos que están pasando en tiempo real. Esto hace que la lectura sea sumamente íntima y afectiva, lo cual, en ciertas partes es durísimo a nivel emocional. Pero Sasha, nuestra protagonista, no busca nuestra compasión, para nada. Es una mujer deshecha, que prácticamente ha decidido tomar y tomar hasta su muerte, y que, durante el tiempo que la conocemos, vuelve a París con la plata de un amiga que estaba preocupada por ella y le pareció que unos días en París le harían bien. A través de sus recuerdos nos enteramos de sus decepciones en el amor, el trabajo, la maternidad y sus problemas con el dinero. Tras experimentar pérdidas y desilusiones en su vida, desde una muy temprana edad, Sasha recurre al uso de una máscara tras la cual esconde sus vulnerabilidades, pero la bebida y la vida y la esperanza se la querrán arrancar a la fuerza.

Sasha, como probablemente hacemos todos nosotros, vive en un constante vaivén de no darle ninguna importancia a lo que los demás piensan de ella y una paranoia extrema de como es observada por quienes la rodean. Es una contradicción entendible, pero la diferencia que ella siente con los demás es que ella no se mete con nadie, los deja en paz, no quiere lastimar a nadie ni molestar a nadie ni juzgarlos. ¿Por qué no hacen lo mismo con ella, se pregunta? ¿Por qué son todos iguales? ¿Por qué la vida la ha forzado a llegar a esa conclusión? A través de las páginas vamos viendo cómo se desintegra la máscara de protección tras la que se esconde, vemos su identidad fundirse en una nube de recuerdos y pensamientos en los cuales la realidad se torna cada vez más confusa. Así se siente la soledad, así la desesperanza, la tristeza insondable. Pero este viaje tan íntimo a través de las vulnerabilidades de una persona, bah, más que de una persona, de una mujer, porque la voz de Rhys es claramente feminista, esconde una queja, una bronca por la injusticia que rodea lo que es nacer mujer, lo que se espera de una, lo que nos vemos forzadas a hacer, en especial en esa cruel época entre una Guerra Mundial y la otra. Buenos días, medianoche es emocionante, inteligente, existencialista, deprimente, valiente, fuerte en sus vulnerabilidades, preciso en sus observaciones, brutal en sus descontrucciones y tiene algunos de los fragmentos más hermosos que he leído en mi vida.

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Johnny Morant

Les dejo tres de mis favoritos, una excelente muestra de todo lo que tiene este libro para ofrecer:

La moza pasa por mi mesa y le pido la cuenta. “Todavía queda un poco de café, madame. ¿Quiere un poco más?” Me sonríe. Sin esperar a que le conteste, me sirve lo que quedaba en el pote. Me tiene lástima, está tratando de ser amable. Mi garganta se atraganta, me arden los ojos. Esto es horrible. Ahora voy a llorar. Esto es lo peor… Si llego a hacer eso voy a tener que tirarme abajo de un ómnibus cuando salga, en serio. Trato de decidir de qué color me voy a teñir el pelo y me aferro a ese pensamiento tan fuerte como cuando te aferrás a algo cuando te estás ahogando. ¿Me lo tiño de rojo? ¿De negro? Ahora, negro -eso sería impactante. ¿Me lo tiño de rubio ceniza? Pero rubio ceniza, madame, es el color más difícil de todos.

Entro a una tabaquería. La mujer en la barra me da una de esas miradas: ¿Qué querés acá, vos? No le vendemos a turistas acá, no es nuestra clientela… Bueno, querida madame, a decir la verdad, lo que quiero acá es un trago -de hecho creo que quiero dos tragos, quizás tres. Está oscuro y hace frío afuera y todo se ha ido de mi cuerpo excepto la miseria. “Un Pernod”, le digo al mozo. Cuando me lo trae me mira de una forma traviesa, como si le hiciera gracia. ¡Dios, es gracioso, ser mujer! Y la otra -la que está en la barra- ¿se va a mandar una risita o acaso dirá algo en una voz lo suficientemente fuerte como para que yo la escuche? Así es cómo se siente. No, no dice nada… Pero lo dice todo. Bueno, está bien, querida madame, y muy bien hecho también. No dijiste nada pero lo dijiste todo.

“¿Querés saber a qué le tengo miedo? Está bien, te lo voy a decir… Le tengo miedo a los hombres -sí, le tengo mucho miedo a los hombres. Y le tengo incluso más miedo a las mujeres. Y le tengo muchísimo miedo a toda la maldita raza humana… ¿Si les tengo miedo?”, digo. “Por supuesto que les tengo miedo. ¿Quién no le tendría miedo a una manada de malditas hienas?” Pensando: “Ay, callate. Basta. ¿Qué sentido tiene?” Pero no puedo parar. Sigo desvariando. “Y cuando digo miedo -esa es solo una palabra que uso. Lo que quiero decir realmente es que los odio. Odio sus voces, odio sus ojos, odio la forma en que se ríen… Odio todo el maldito asunto. Es cruel, es estúpido, es indeciblemente horroroso.

Veredicto: 5/5

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